

Cuando Asdrúbila se estrenó en el Teatro Tívoli de Barcelona el año pasado, ya quedó muy claro que no estábamos ante una nimiedad musical con pretensiones rompedoras. Asdrúbila son palabras mayores: una ópera en el sentido más estricto, con todas las connotaciones históricas y estéticas que comporta el término. Su reposición en el marco del festival Grec ha fortalecido esa idea inicial y ha confirmado que hace justo un año no se vivió una alucinación preolímpica más, sino el estreno de uno de los espectáculos que en buena lógica tendrían que marcar la historia musical de este país.
Santos ha demostrado
que se puede escribir una ópera en el siglo XX y a orillas del Mediterráneo
sin caer en la nostalgia de un pasado más o menos lejano (ya sea
Verdi, Wagner, Schönberg o Broadway), sin repetir los mismos cansinos
clichés que otros enarbolan como excitantes novedades y sin buscar
temas trascendentales con los que encubrir una falta de contenido. Santos
se ha distanciado otra vez de la intelligentsia de la música
contemporánea de por aquí y se les ha reído en la
cara. Las carcajadas resonarán durante bastante tiempo.
Grand spectacle
à la Aida revisité par Cecil B. de Mille, grandes colères
dévastatrices à la Almodovar, l'oeuvre n'est pas revolutionnaire,
mais son iconoclasme joyeux galvanise les spectateurs. On s'étonne
que hors le Festival d'Automme où il est prévu cette saison,
on ne voie ps plus de ce coté-ci des Pyrénées les
oeuvres d'un artiste capable de réconcilier le public avec la musique
contemporaine.
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