brossalobrossotdebrossat

Ni siquiera me atrevo a pronunciar su nombre.

Fue el hombre de mi apostasía y padrino de boda, una boda a la que nadie de mi familia asistió. No tengo documentos que acrediten esta ceremonia, pero tampoco los necesito para saber que así fue.

No sé si estamos hablando de la misma persona: la que yo recuerdo o la que algunos quieren recrear.

El que yo conocí sentía el placer de la música, tanto con el chirrido de una puerta como con el propio Tristán, descubriendo a la vez y en un cine de barrio al entonces desconocido Spielberg. Todo esto y aquello y más aún, sin Internet, pero con mucho olfato y muchas antenas.

Por su culpa, durante cierto tiempo y en la calle Madrazo me plancharon los calcetines y hasta los calzoncillos. Conociendo a los actores de esta circunstancia se hace difícil la comprensión de los hechos. Pero así fue, formando parte de un conjunto mucho más complejo y vital.

Cuando yo le contaba que en el pueblo de al lado había un hombre que ponía los pies de tal forma al andar que fue bautizado con el mote de “las dos menos cuarto”. Él se reía.

También yo gocé enormemente en Sant Paul de Vence hace treinta y nueve años cuando escupió sobre un plato de lubina, en una cena histórica y conmemorativa.

Eso es lo que necesitaba ver y saber en esos momentos. Me gustaría también saber dónde ha ido a parar el “duro” de papel que guardaba sucio y arrugado en su bolsillo y que era uno de sus símbolos de resistencia.

Seguro que no hablamos de la misma persona. Un mata-curas que escribía a lápiz y viajaba con una botella de licor del polo.

Hemos llegado hasta aquí sin tirar un puto confetti.

Los que realmente han conocido y amado a esta persona, saben perfectamente de quien estoy tratando de hablar.

Un día sin cruces le enterraron y pude despedirme de él, cantándole el to-ca-ti-co-to-ca-ta.

carles santos